Objetivo: salvar del colapso la coracha de las murallas de Buitrago
El agua embalsada ha anegado esta pieza de la fortificación, causándole daños que hacían peligrar su estructura
La restauración costará medio millón de euros y terminará en noviembre, antes de que suba el nivel del río
Una parte de la impresionante muralla de Buitrago del Lozoya, una joya arquitectónica del siglo XIII declarada Bien de Interés Cultural, está siendo restaurada por la Consejería de Cultura. Los trabajos se iniciaron en junio con carácter de emergencia ante el riesgo cierto ... de colapso. La causa, un agujero en el muro causado por las corrientes de agua. La muralla, construida hace 800 años para estar en superficie, se ha visto parcialmente sumergida en esta zona por efecto del embalse de Puentes Viejas. La presión de las corrientes de agua ha ido minando la estructura, desgastándola hasta crear un agujero en la base del muro que hacía peligrar su estabilidad. Un equipo de expertos se ocupa de restaurar y asegurar ahora esta parte de la defensa.
Las murallas en la Edad Media protegían las ciudades de los ataques externos. El problema se producía cuando sufrían un asedio; entonces, el cerco en torno a ellas podía dejarlas sin lo básico: comida y agua. Para evitar que esto pasara, algunas murallas contaban con una pieza excepcional, la coracha, una especie de brazo de la fortificación que llegaba hasta el río y permitía a los pobladores aprovisionarse de agua. La muralla de Buitrago del Lozoya es una de las pocas que cuentan con este elemento excepcional, que ahora está siendo sometida a obras de reparación por parte de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid.
Elemento singular
Lucas García Guirao, subdirector general de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, explica la particularidad de este elemento: «La coracha es muy típica de la Península Ibérica, y aparece sólo en algunas pocas murallas. En el caso de Buitrago, está muy bien conservada», lo que le aporta aún más valor a una pieza ya de por sí muy singular.
Los trabajos para su reparación se iniciaron «con carácter de emergencia» para evitar un mayor deterioro y que se aumentara el número y tamaño de los huecos abiertos en la muralla por efecto del agua. Trabajos que se iniciaron en junio y se prolongarán hasta noviembre: aprovechan el periodo estival, en que el nivel del río está más bajo, y también que éste se ha hecho descender de forma artificial tras un acuerdo con el Canal de Isabel II y con la Confederación Hidrográfica del Tajo para facilitar las tareas.
Ahora, el Lozoya está al nivel que tenía siglos atrás, de manera que incluso son visibles las pilastras del puente que lo cruzaba a la altura de la coracha. Pero cuando el embalse está en sus niveles óptimos, el líquido llega a cubrir todo el principio de la coracha, y por supuesto deja totalmente sumergida la zona en que se ha abierto el enorme hueco.
Lo que el paso del tiempo –durante más de siete siglos– no había logrado, lo consiguió el tiempo que la coracha ha permanecido bajo el agua, por la acumulación producida por el embalse. «No estaba hecha para estar sumergida», indica Estefanía Herrero, arquitecta que coordina los trabajos. Unas obras que van a costar 443.465 euros a la Consejería de Cultura, que dirige Marta Rivera de la Cruz.
«Esto no para»
La coracha está apoyada sobre la roca madre, y luego se construyó con mampostería y cajones de calicanto, con un procedimiento constructivo parecido a los actuales encofrados. El efecto de las corrientes y la presión ejercida por el agua durante las décadas de funcionamiento del embalse han penetrado en sus paredes y causado daños, hasta generar «el colapso de dos líneas de cajones», explica Herrero. Y el problema es que, una vez que se produce la rotura, «esto no para, y puede colapsar todo».
Es, ratifica el técnico Lucas García Guirao, un proceso «que comienza lentamente, y va produciendo pequeños colapsos, que luego son mayores, y si no se interviene rápido, puede haber un colapso total; por eso hubo que acometer una intervención de emergencia». Para su reparación, la idea es primero sellar bien la parte exterior de la muralla, y luego inyectarle cal hidráulica, en estado líquido, para taponar los agujeros interiores que pueda presentar el muro.
Mantener los agujales
Los cajones de calicanto que son la base de la construcción original utilizaban unos apoyos que dejaban, al ser retirados, unos agujeros que aún se conservan. Y se van a mantener, explica la arquitecto, porque «estos agujales, que así se llaman, son útiles para que corra el agua por ellos, y se reduzca la presión que provocan las corrientes».
El paso siguiente en el procedimiento de reparación será «sellar muy bien las vías de entrada de agua, e inyectar cal para macizar lo más posible el interior», añade.
El equipo de arquitectos encargados de la reparación trabaja con una dificultad añadida: su tarea no tiene como misión únicamente que el muro recupere fortaleza y aguante las futuras embestidas del agua, sino también que no pierda su esencia de obra construida en el siglo XIII. Por eso, utilizan los materiales que se utilizaban en su momento, «sin alterar la imagen de la muralla, porque es una obra de restauración», aclara Estefanía Herrero. El objetivo es «que no se distorsione la imagen original del monumento».
Mismos tonos
Hay que estar pendiente de todos los detalles, entre ellos «comprobar que el rejuntado entone bien entre lo antiguo y lo nuevo», y no se aprecien grandes diferencias entre ambas zonas. Los arquitectos insisten en la importancia de haber detectado el problema a tiempo, algo que se favoreció por la sequía de este verano, que bajó aún más el nivel del agua y permitió comprender la magnitud del problema. «El problema –explican muy gráficamente– es que ocurre como cuando se pierde la encía, que se cae el diente: aquí, cuando se pierde la argamasa, se cae la piedra».
Los daños no sólo se centran en ese enorme agujero donde colapsó la parte inferior del muro defensivo; también los había en toda la semitorre que cierra la coracha de Buitrago, que «tenían todas las esquinas colapsadas», indica Herrero.
La rehabilitación en marcha, y que estará terminada para noviembre por imperativo natural –para esas fechas, finaliza el acuerdo con el Canal de Isabel II y volverá a subir progresivamente el nivel de las aguas–, va a devolver su prestancia a este elemento defensivo tan singular. Una pieza de gran belleza pero que, según apunta Estefanía Herrero, «contaba con un sistema constructivo original que no estaba bien del todo». Porque, como recuerda, «no todo lo que se hacía en la Edad Media era perfecto; y este está claro que no lo hicieron las mejores manos».
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